La oscuridad sólo se veía rota por una fila de antorchas que apenas si llegaban a arrojar un poco de luz a lo más tenebroso de la noche. La sala, de gruesos muros de piedra era una pequeña fortaleza, capaz de resistir durante años tras puertas blindadas de un tremendo grosor. Pero las puertas de duro metal comenzaba a abollarse por el empuje de una famélica legión, que superando toda defensa había penetrado a sangre y fuego hasta la ciudadela de piedra, hogar del Gran Señor de la ciudad de Ostenmark. Un grupo de soldados de brillante armadura habían dejado a un lado sus adornadas pero no por ello menos mortíferas alabardas para apilar barriles contra las puertas. Las puertas no iban a resistir más por muchos barriles que apilaran tras ella. Su Capitán era plenamente consciente de ello, pero se trataba de una medida desesperada en una situación sin esperanza alguna. Estaban en la última defensa de lo que hasta hacía tan sólo tres días había sido la mayor fortaleza del mundo, así que cualquier medida, por ridícula o desesperada que fuera, no iba a ser suficiente.
La fortaleza de Ostenmark había sido levantada por un orgulloso pueblo durante más de diez generaciones en las estribaciones de una imponente montaña. Los Grandes Señores de Ostenmark, sabios y respetados por sus súbditos, habían dedicado sus mandatos a mejorar más y más las defensas de la ciudad, a fin de proteger el preciado tesoro que la montaña guardaba: Iterum. Este metal, extremadamente raro, tenía unas fabulosas propiedades, que aprovechadas por los artesanos de las grandes fraguas de la ciudad habían dado lugar a maravillosas herramientas, armas y armaduras que jamás se oxidaban ni perdían su filo. Fortaleza sobre fortaleza y castillo sobre castillo se amuralló la ciudad, protegiendo sus profundas minas y sus nobles habitantes, llegando a completar doce anillos de defensa impenetrables. Ninguno de los ejércitos invasores jamás penetró más allá del primer nivel, pero ahora una horda de enemigos se agolpaba en lo más profundo del último nivel, dispuestos a matar a aquellos que lo guardaban.
El Capitán contempló durante un rato el trabajo de sus hombres, pero llegó el momento en el que sintió que era su deber anunciar a su señor sobre la realidad de la situación. En la pared más alejada de la sala un grupo de asustados civiles se apiñaba, tratando de alejarse lo máximo posible de la puerta y los toscos alaridos y gritos que se escuchaban al otro lado. El Gran Señor se encontraba entre ellos, reconfortándolos y dándoles ánimos allí donde ni él mismo podría tenerlos.
-Mi Señor- se presentó el capitán, al tiempo que le dedicaba a su superior una firme reverencia- Me gustaría comunicarle una noticia...- se dispuso a hablar, pero viendo las ansiosa caras de los civiles, que deseaban más que nada una mínima esperanza, cambió su discurso- los barriles parecen estar funcionando señor, seguramente podamos resistir.
El Capitán conocía al Gran Señor desde que ambos eran niños, así que la mirada que cruzaron bastó al Gran Señor para saber que no podía ser menos cierto. Dedicándole una forzada sonrisa, el Gran Señor conminó al Capitán a seguir trabajando en las defensas. Según se daba la vuelta para volver con sus soldados, el Capitán detectó un movimiento extraño en la masa de civiles. Sin dudarlo un momento desenfundó su plateada espada, y con un rápido movimiento apartó a su Señor a un lado para hacer frente a la carga de la infecta criatura. La criatura saltó delante de él, tratando de llegar al Gran Señor, pero a cambio se encontró con la fría hoja del Capitán, que la atravesó de lado a lado.
El Capitán sintió las extremidades de la criatura golpear su armadura, intentando zafarse en vano, ya que su propia inercia había clavado la hoja profundamente en las pálidas carnes de la criatura. Tiró el cuerpo al suelo, y desencajó la espada del cadáver rápidamente, para en un diestro movimiento clavarla entre los blancos ojos de la criatura. Mientras se alejaba para contemplar a su caído adversario, vio de qué se trataba realmente. No era más que un niño, pero si hubiese sido un demonio de pesadilla no habría sido peor, su piel estaba cuarteada, mostrando trozos de los blancos músculos, de la herida de su pecho no manaba sangre alguna, pero sin lugar a dudas lo peor eran sus ojos: blancos, sin el más mínimo atisbo de iris o pupila, pero el Capitán era plenamente consciente de que veían perfectamente. Se trataba de una víctima más de la Peste Blanca, la Muerte de Ostenmark.